Cuando hablamos de narcisismo, muchas veces la atención se pone en la persona que presenta ese patrón de funcionamiento. Sin embargo, en consulta, lo más frecuente no es que llegue esa persona, sino quienes han convivido con ella: parejas, exparejas, familiares, amistades o personas del entorno que se sienten profundamente confundidas, desgastadas y, en muchos casos, rotas por dentro.

Y aquí hay algo importante que conviene recordar desde el principio: abordar el narcisismo en terapia no consiste solo en analizar lo que ocurrió. Consiste también en comprender cómo está la persona hoy, qué impacto ha tenido ese vínculo en su vida, en su autoestima, en su cuerpo, en su red de apoyo y en su capacidad para sentirse segura.

Porque muchas veces no llegan solo con dolor. Llegan con duda.
Con frases como:
“¿Y si exageré?”
“¿Y si fui yo?”
“¿Y si no fue para tanto?”

Ese cuestionamiento interno también forma parte del daño.

Lo primero no siempre es preguntar qué pasó

Una de las ideas más importantes en este tipo de casos es que, al inicio, no siempre conviene entrar directamente en el relato detallado de lo sucedido.

A veces, la urgencia del profesional por entender rápido puede hacer que la persona vuelva a sentirse invadida, cuestionada o incluso revictimizada. Por eso, antes de ir al detalle, muchas veces es preferible empezar por algo más básico y más humano: cómo está la persona en el presente.

Cómo duerme.
Cómo se siente.
Qué áreas de su vida se han visto afectadas.
Cuánto miedo, bloqueo o ansiedad arrastra todavía.
Qué sensación de seguridad tiene hoy.

Este primer paso no es menor. Es la base.

La importancia de estabilizar antes de profundizar

En muchos casos, antes de elaborar lo vivido, hace falta una fase previa de estabilización.

Si la persona sigue en un estado de alerta constante, con el sistema nervioso activado y una sensación de inseguridad muy alta, será muy difícil abordar el trauma con suficiente sostén. Por eso, uno de los primeros objetivos terapéuticos suele ser ayudar a recuperar algo de seguridad en el presente.

Cuando eso no ocurre, aparecen con facilidad:

  • la duda constante
  • la disociación
  • la culpa
  • la sensación de no saber qué pensar
  • la dificultad para confiar en la propia percepción

Y desde ahí, es complicado construir.

Validar: una base común a cualquier enfoque terapéutico

Da igual la orientación terapéutica. Hay algo que no puede faltar: la validación.

Validar lo que la persona siente.
Validar lo que recuerda.
Validar que hubo abuso.
Y afirmar con claridad que no fue su culpa.

Esto es especialmente importante porque muchas personas llegan a consulta con la percepción profundamente alterada. Han vivido tanto cuestionamiento, tanta ambigüedad y tanta distorsión, que ya no saben si lo que vivieron fue real, si su reacción fue exagerada o si están interpretando mal.

La validación ayuda a poner suelo donde antes había confusión.

Psicoeducación: aprender a nombrar lo que pasa

Otro de los pilares del trabajo terapéutico es la psicoeducación.

Aprender a llamar las cosas por su nombre.
Entender qué es una dinámica abusiva.
Reconocer un patrón.
Poder identificar qué está ocurriendo y cómo afecta.

Cuando una persona no puede nombrar lo que le pasa, tampoco puede comprenderlo del todo. Y cuando no lo comprende, le resulta mucho más difícil salir de la confusión.

En este sentido, verbalizar o incluso escribir lo vivido puede ser muy útil. Ordenar los pensamientos ayuda a recuperar criterio. Y recuperar criterio ayuda a discernir.

A veces, leer por escrito una situación concreta, con distancia y con fecha, permite ver con más claridad algo que emocionalmente todavía se tiende a edulcorar o minimizar.

La neurociencia: cuando el sistema nervioso está en supervivencia

Desde la neurociencia, entendemos que muchas personas que han vivido vínculos narcisistas llegan con el sistema nervioso en un estado de activación constante.

Lucha.
Huida.
Bloqueo.

Es decir, respuestas de supervivencia.

Por eso, a veces no reaccionaron como luego creen que “deberían haber reaccionado”. No porque no quisieran. Sino porque estaban atrapadas en mecanismos automáticos de protección.

Y esto es importante decirlo porque culpabilizar a alguien preguntándole “¿por qué no saliste antes?” o “¿por qué no hiciste nada?” no ayuda. Al contrario: vuelve a dañar.

Cuando el sistema está en supervivencia, pensar con claridad es mucho más difícil.

Por eso, dentro del abordaje terapéutico, pueden introducirse recursos sencillos orientados a regular el sistema nervioso: caminar, respirar profundo, moverse, contactar con la naturaleza, volver al cuerpo, recuperar sensación de presencia.

La teoría polivagal y la seguridad relacional

Hay otra idea muy valiosa: la seguridad relacional calma el sistema.

Las personas que han vivido relaciones narcisistas muchas veces llegan aisladas. Han perdido red de apoyo o han ido cortando lazos con amistades y familiares. A veces incluso han dejado de confiar en las miradas externas.

Por eso, reconstruir una red de apoyo segura forma parte del tratamiento.

No siempre se trata de hablar del tema. A veces basta con estar. Con sostener el vínculo. Con compartir un paseo, un café, una conversación cotidiana. Lo importante es que la persona vuelva a experimentar que hay relaciones que no desregulan, sino que calman.

La red de apoyo protege.

La mirada cognitivo-conductual

Desde un enfoque cognitivo-conductual, el trabajo puede ayudar mucho a identificar y cuestionar creencias que se han ido instalando a raíz de la relación.

Por ejemplo:

  • “Soy culpable”
  • “He exagerado”
  • “Nunca voy a estar bien si no estoy con esa persona”
  • “No valgo lo suficiente”
  • “No voy a poder sola”

Estas creencias no aparecen de la nada. Se van consolidando dentro de la dinámica abusiva. Por eso, cuestionarlas y sustituirlas por una mirada más ajustada puede ayudar a recuperar percepción de control y claridad mental.

La perspectiva sistémica

La terapia sistémica también aporta una mirada muy valiosa, especialmente cuando entendemos que estas dinámicas no se sostienen solo en una persona, sino en un sistema.

Hay familias, contextos y entornos que refuerzan, justifican o normalizan ciertos comportamientos. Por eso, observar los patrones de interacción, las lealtades, los lugares que ocupa cada uno y las narrativas que sostienen el vínculo puede ayudar mucho.

Desde esta mirada, se entiende algo esencial:
la persona no es el problema. El problema es el problema.

Y aunque pueda parecer un juego de palabras, no lo es.

Externalizar el abuso y dejar de identificar a la persona con lo que ha vivido es profundamente reparador. Permite empezar a construir una narrativa diferente.

El cuerpo también necesita ser escuchado

Otra aproximación especialmente útil es la somática.

Porque el trauma no solo se recuerda. También se siente.

En el corazón acelerado.
En la tensión.
En el bruxismo.
En el nudo en el estómago.
En el estado de alerta.

Y aquí conviene recordar algo muy importante:
el cuerpo no es tu enemigo. El cuerpo es tu amigo.

El cuerpo lleva tiempo dando información. El problema es que muchas veces la hemos desoído.

Por eso, en terapia no todo pasa por hablar. También puede ser necesario trabajar desde la respiración, el movimiento, el grounding, la conciencia corporal, el yoga, el mindfulness o distintas estrategias de regulación sensorial.

Escuchar el cuerpo también forma parte de volver a casa.

EMDR y el reprocesamiento del trauma

Dentro de una mirada integradora, el EMDR puede ser una herramienta muy valiosa para trabajar las memorias traumáticas asociadas al vínculo.

No se trata de olvidar lo vivido. Se trata de que, al recordarlo, no active de la misma manera. De que el cuerpo no se tense igual. De que la persona pueda seguir con su vida sin quedar atrapada una y otra vez en la misma respuesta de supervivencia.

En muchos casos, hay escenas concretas, momentos de inflexión o creencias nucleares que ayudan a comprender por qué la persona se quedó en ese vínculo y qué necesita reprocesar para salir de él.

Miedo al abandono.
Miedo a la soledad.
Sensación de no ser suficiente.
Creencia de no valer.

Todo eso puede trabajarse.

Recuperar la propia vida

Al final, más allá del enfoque terapéutico, el objetivo profundo suele ser el mismo: que la persona recupere su propia vida.

No solo que entienda lo ocurrido.
No solo que deje de sentirse culpable.
No solo que pueda poner palabras.

También que recupere funcionalidad, criterio, tranquilidad, disfrute, paz y conciencia.

Que vuelva a sentirse ella.
Que pueda relacionarse desde otro lugar.
Que no necesite seguir sobreviviendo donde ya no hay vida posible.

 

No hay un único enfoque que lo resuelva todo. Y probablemente esa sea una buena noticia.

Porque cada persona necesita algo distinto en cada momento de su proceso.

A veces lo primero será estabilizar.
A veces validar.
A veces nombrar.
A veces reprocesar.
A veces reconstruir el vínculo con el cuerpo, con la red de apoyo o con una misma.

Lo importante no es correr.
Lo importante es acompañar bien.

Para la reflexión

¿Cuántas veces has intentado entender lo que pasó sin preguntarte antes cómo estás hoy?

PD: Suscríbete al newsletter para recibir más contenido sobre psicología y profundizar en ti.

Para estar al día de todo mi contenido, sígueme en las redes:

Concha Hidalgo InstagramConcha Hidalgo YoutubeConcha Hidalgo Facebook Linkedin Concha HidalgoConcha Hidalgo Twitter